martes, 22 de mayo de 2018

Lo innombrable

Introducción: el joven poeta


  El arte es un juego. Esto es algo de lo que trato de convencerme cada día. El proceso de construir un poema, para mí, sin dudas, no lo es. Me resulta desgarrador, me deprime. Sin embargo, lo disfruto. Y disfruto el resultado. Me sucede con la poesía que la pienso como el intento de expresar lo inexpresable, lo inabarcable, lo abstracto. Y ponerse un objetivo como este, sin dudas, no es divertido.
  Esta capacidad de abstracción creo que está íntimamente relacionada con la reflexión introspectiva, con la “digestión del conocimiento”, con la vida interior. Creo yo, este es el camino que lleva al discernimiento de todo lo que nos rodea, palpable o no, y a la permeabilidad frente a esto. Ya que la invención y la originalidad yacen en el fondo de nuestro yo y no en otro lado. 
  La métrica siempre me fue extraña, y como nunca la aprendí, la siento forzada. Sin embargo, muchos de mis poetas favoritos la utilizan. Por mi parte, prefiero pensar en la música del lenguaje mismo, de la palabra misma, que en asignarle una yo en relación con otras.
  Mucho de lo que escribo, reflexiona sobre el lenguaje mismo.
  También, la idea de buscar algo trascendental en lo cotidiano me resulta fascinante. Intuyo que esto tiene que ver con el “abismo de lo serio”, es decir, aquello que no es superficial, a pesar de tener su apariencia. En esa contradicción, creo que se encuentra la belleza del pensamiento o del sentimiento.
  Los consejos a un joven poeta de Max Jacob, un escritor francés de principios del siglo pasado, motivaron muchas de estas reflexiones, así como me ayudaron para poder presentar algunos de estos conceptos, incluido el título mismo de la obra.
  Este libro me lo regaló hace un tiempo mi esposa que, sin dudas, me tiene más fe como poeta (y como joven) que la que podría tenerme yo, en cualquier caso.


Laberintos


sentirse como
una rata
atrapada en el desconcierto
de una falsa autodeterminación
y del que sabe
que hay una sola salida, y es
morder su propia cola,
apretar los dientes
inspirar,
exhalar,
aceptar la caricia compasiva, atenuante
del carbono,
esa debe ser 
una de las dos o tres cosas
más desesperantes,
aterradoras
que alguien pueda sentir.

ser la rata
junto a aquella otra rata,
oler su destino
e intuir en este el propio,
su angustia,
sin llegar a comprender del todo,
se siente
más o menos parecido.
tal vez,
un poco menos desesperante 
que triste.


"Usted, ¿está muerto?"

La palabra de las personas valía algo antes, dice la gente grande. 
Parece que yo empiezo a formar parte de ese grupo demográfico ahora y me encuentro diciendo lo mismo a veces. También, antes, hace más de un siglo, para saber si una persona había muerto, dicen que no se le tomaba el pulso ni se le examinaba el corazón ni la respiración, sino que –por ley– todo lo que se hacía era preguntarle tres veces: “¿Usted, está muerto?”. Si a la tercera vez la persona no respondía, se la daba por muerta. De modo que, sí, definitivamente, antes la palabra solía valer mucho más…


viernes, 28 de julio de 2017

Consejos para escribir

Siempre hay tiempo para escribir, no hay excusa que valga. Siempre hay tiempo para hacer lo que nos gusta. Aquellos que dicen “cuando termine la carrera, voy a escribir”, es mentira: al que realmente le gusta escribir se busca el tiempo para hacerlo. Lo que siempre buscamos es una motivación o un incentivo a la hora de escribir. Si esquematizamos el proceso de escritura de una forma muy simple y acotada,  podemos decir que se divide en tres etapas: escritura, reescritura y corrección. La escritura es el primer paso y, quizás, el más difícil; es superar el cansancio, la desmotivación, la falta de ideas o de modos de expresarlas. Todo eso se puede trabajar. El segundo paso es revisar, y tachar, o sobrescribir; darle una nueva dirección a lo que escribimos, encontrar el camino correcto, u otro: agregar o sacar elementos. Este segundo paso, puede repetirse más de una vez; no es una ciencia exacta. El último paso es la corrección, que también puede repetirse más de una vez, aunque no es conveniente. Hay que aprender también a desprenderse de lo que uno produce, y seguir, hacia algo nuevo, distinto. De esta manera, podemos pensar en algunos consejos que nos resultarán útiles en cada una de las etapas que hemos mencionado:


Escritura


  • Comprometernos

Escribir es un trabajo como cualquier otro. Para ser prolíferos, debemos ser constantes. Las mejores ideas llegan cuando uno no las está buscando;  por eso, es mejor estar preparado y tener siempre el lápiz afilado.

  • Tener paciencia
Escribir a nuestro tiempo. A veces queremos terminar una historia nada más que para calmar nuestra ansiedad, pero siempre conviene no apresurarnos. Dicen que “se escribe con la cicatriz, no con la herida”. Todos los procesos llevan su tiempo. Sin darnos cuenta, inconscientemente, siempre estamos escribiendo,  pensando qué escribir. Las ideas decantan por sí mismas en nuestro consciente, y nosotros debemos respetar eso.

  • Ser curioso, y lector

Para escribir bien, es conveniente leer a los que escriben bien, tanto a los clásicos como a los contemporáneos, para sacar ideas, recursos y para motivarnos. La inspiración no viene y casi todo escritor empezó copiando a alguien. Como decía Picasso: “Los buenos artistas copian, los genios roban”.

  • Olvidar la autocensura

Escribir es rescribir. Todo lo que se nos venga a la cabeza, debemos escribirlo. No debemos dejar nada de lado. Es preferible olvidar una idea, una historia porque queremos y no porque no la escribimos a tiempo. Primero, nuestra tarea es escribir; después, habrá tiempo para organizar lo escrito.

  • Compartir

Nuestros allegados siempre son nuestros primeros lectores y ellos seguramente pueden darnos consejos válidos. Es cuestión de animarse, y de escucharlos.


Reescritura


  • El lector ideal

Lo primero que debemos hacer, es pensar quién leería lo que escribimos, aunque sea hipotéticamente. Esto nos dará un marco, un objetivo, un  perfil, un estilo. De allí, podremos deducir, cómo estructurar nuestro escrito, qué registro utilizar, etc.

  • Símbolos

El lenguaje es un sistema de símbolos. Y de símbolos vivimos rodeados. Debemos entender que una cadena completa de ideas podemos encontrarla en cualquier lado, entre las palabras, entre alguna imagen visual, en nuestra casa, en un  bar o en el colectivo. Siempre es bueno estar atentos a cualquier estímulo.

  • Recursividad

Debemos también entender que la idea de la que parte lo que escribimos puede tomar diferentes formas y rumbos, incluso uno totalmente contrario. Una vez que tenemos un primer manuscrito, debemos revisarlo y contemplar la posibilidad de que pueden ocurrírsenos nuevas ideas que lo modifiquen en parte o completamente. Si esto implica, desechar ideas anteriores o ya escritas, bienvenido sea.


Corrección


  • Asombrarnos

Es importante aprender a crear giros inesperados para el lector. Dejarnos sorprender, y sorprender a los demás. Como decía Borges: “Vivimos no de la costumbre, sino del asombro”.

  • Observar

Las historias y personajes que creemos deberán ser particulares y verosímiles, ya que estos son los que más se recuerdan. La literatura está hecha de detalles. Para identificar a un personaje es importante oírlo (su lenguaje lo define) o ver cómo se mueve.

  • Economizar

Escribir es elegir. No debemos ponerlo todo, tenemos que aprender que menos es más y lograr que el lector reponga e imagine lo que falta.

  • Dejar descansar el texto

Tratemos de alejarnos del texto al menos por unas horas o días; después, podremos releerlo con cierta distancia.

  • Confiar

Antes de corregir nuestro propio escrito, debemos confiar en nuestras  propias capacidades y conocimientos.

  • Dar lo mejor

Debemos comprender, por último, que nunca estaremos plenamente satisfechos con lo que hacemos, por lo menos no a largo plazo. De lo único que debemos estar seguros, es que dimos lo mejor de nosotros en ese momento.


Para saber más, el 7 de agosto comienza el taller de escritura creativa Soltar la lengua.
En Espacioy Lugar Cultural. Mansilla 2982, PB (CP1425), CABA.
Para inscribirse y consultas: espacioylc@yahoo.com.ar







miércoles, 24 de mayo de 2017

Robar no es hurtar



Me llamó su hermano. Había hablado con su mamá porque su papá le había hablado a ella. Me preguntó dónde estaba Pame y, la verdad, me estaba preguntando lo mismo. Nadie la vio. ¿Nadie le dijo? Mierda. Siempre se mete en quilombos. Pero yo no podía decir; algo sabía, pero no le puedo decir al tipo que su hermana es una falopera, que trabaja de puta. La primera vez que la conocí fue en el club. Había ido con unos amigos y ella estaba haciendo su laburo. Me dijo que trabajaba acá y allá, donde pintara. Yo le dije que se olvidara de eso, que nos iban a pasar cosas buenas. En ese momento, a mí me habían sacado de tránsito y empezaba de cobani por las calles. No tardé mucho en darme cuenta lo fácil que es meterse en las casas, y la cantidad de gente que no confía más en los bancos. Además, en estos barrios, la gente confía demasiado en la policía. Qué tarados. Ella quería ayudarme, pero yo no la dejaba. No me perdonaría nunca si la agarran. Ya bastante tuve el otro día cuando, entre cuchara y cuchara, de repente la vi acurrucada en el piso, chupándose el dedo. Desde ese entonces, la cabeza a veces se le va a la banquina, tiene lagunas. Por eso estoy acá, este es el último laburo; con esto, nos sacamos la lotería. Le corto al hermano, tengo que salir rápido; parece que alguien boqueó. Empiezan a sonar las sirenas. Parece una joda. Qué dirán los muchachos si me llegan a ver. ¿Qué hago? Seguro fue el forro del padre. Y yo soy la mala influencia. Se van todos al carajo. Tengo que mear igual, ya fue. Las sirenas suenan cada vez más cerca. Todo por cortarme solo. Hijos de puta. Entonces, la veo. Puta madre. No puede ser tan pelotuda. ¿Nadie le dijo? Se trepó por la pared de atrás; mientras termino de mear, la veo entrar por la ventana del baño.

Sin pecado, no hay pecador

un acercamiento al análisis del cuento "Las vestiduras peligrosas" de Silvina Ocampo



  Silvina Ocampo es una cuentista conocida por su inclinación hacia lo fantástico, lo extraño, lo siniestro. En su obra, describe mundos sombríos, trastornados y sus personajes casi siempre tienen una inclinación hacia el sadismo, caracterizados por una ingenuidad ambigua, infantil y, al mismo tiempo, apática, insensible hacia las desgracias o tragedias humanas. Su cuento “Las vestiduras peligrosas”, compilado en el libro Los días de la noche (1970), entre otros, es un claro ejemplo de esto.
  En un primer acercamiento, podemos decir que el cuento en cuestión está narrado por uno de los personajes principales, Piluca, quien tiene una focalización interna y parcial y ha sido testigo de los hechos que narra. Estos hechos son narrados en pretérito y no hay indicios para determinar la distancia temporal entre el momento de la narración y el momento en que se dieron los acontecimientos.
  Por otro lado, el cuento comienza in extremis res, es decir, nos anticipa el desenlace. Nos da a entender que la otra protagonista, Artemia, que era conocida de la narradora, está muerta. De ahí en adelante, se intenta reconstruir o recapitular algunos momentos relevantes desde el inicio de la relación entre las protagonistas. Estos momentos relevantes intentan también servir como explicación o justificación para la narradora, Piluca, del trágico final de la vida de Artemia.
Los personajes que protagonizan el relato son dos, Piluca (o Régula), la pantalonera que se hace pasar por modista, una adulta de clase humilde y con fuertes creencias religiosas, y Artemia, la chica rica que contrata a esta modista, joven, esbelta y vana, aunque buena, según dice la voz de la narradora.
  En una primera lectura, lo primero que podemos notar es la cantidad de referencias religiosas que abundan, y son estas marcas las que introducen a una lectura analítica del relato ya que ninguna de ellas es casual. En la primera línea, la narradora dice: “Lloro como una Magdalena”. No es un dato menor que María Magdalena, en los relatos bíblicos, es la madre de Jesús, quien fue testigo de la crucifixión de su hijo. Asimismo, cuando tiene que trabajar arduamente, la narradora pide ayuda al lirio de la Patagonia, es decir, a Ceferino Namucurá, santo de origen humilde y, no por nada, carpintero. Por otro lado, en uno de los diálogos entre las dos protagonistas, Piluca dice: “Pero niña, está bien que sea buena […] pero no hasta el punto de querer sacrificarse por la humanidad”. De esta manera, es evidente la representación simbólica de Jesús en Artemia por parte de la narradora. Cabe destacar que, en presencia de tantas referencias y símbolos religiosos, el nombre de Piluca remite a Pilatos quien, por omisión y para satisfacer al populus, quien fue el que lo condenó a muerte a Jesús.
  Por otro lado, Artemia es un nombre de origen griego. Esta referencia simbólica es extranjera en un relato claramente apoyado en la tradición y moral religiosa cristiana, latina. Del mismo, el personaje de Artemia es extranjero en el mundo, no encaja, no lo acepta, lo desafía constantemente a través de la exageración de su sexualidad. La diosa griega Artemisa era la diosa helena de la caza, de los animales salvajes y de la virginidad, que traía y aliviaba las enfermedades de las mujeres; despertó el interés de muchos hombres y dioses, aunque ninguno pudo ganar su corazón. Esto posibilita numerosos análisis. En primer lugar, su naturaleza helenística la relaciona a lo matriarcal, a la defensa y a la exaltación de lo femenino. La joven protagonista no quiere ser amada, quiere sentirse deseada, cazada quizás, cuando en realidad es ella quien sale a cazar. Su atrevimiento es una denuncia de los peores rasgos del hombre, lo pretende exponer como un animal salvaje precisamente, aunque no lo logra. En segundo lugar, también se construye como una virgen, una mujer casta que solo busca provocar al sexo opuesto en vez de atraerlo. Esta relación sadomasoquista también la tiene con Piluca, quien se siente dominada y atraída, aunque asqueada, por Artemia: “Ella nunca me impresionó mal. Dicen que estaba enamorada”. Aquí, el sujeto elidido no permite saber si Piluca está hablando de ella misma  o de Artemia.
  Ambas protagonistas evidencian un claro rechazo hacia el mundo de los hombres. Al comienzo, Piluca describe una situación de cuando era joven en la que el lugar del hombre es el de depredador sexual, depravado:

"Cuando coloqué los alfileres, la primera vez me dijo:
—Tome un poco más, vamos —con aire puerco.
Le obedecí y volvió a decirme con el mismo tono, riéndose:
—Un poco más, niña, ¿no ve que me sobra género?
Mientras hablaba, se le formó una protuberancia que estorbaba el manejo de los alfileres. Entonces, de rabia, agarré la almohadilla y se la tiré por la cara".

  Aquí se evidencia la sensación de asco que le provoca el género masculino. Por otro lado, las acciones de Artemia están orientadas a desafiar el mundo de los hombres, en donde las mujeres deben ser pudorosas y sometidas. Asimismo, el novio de la joven que menciona la vieja Piluca parece haberla abandonado. En este contexto, la relación entre Piluca y Artemia y el mundo que comparten es enteramente matriarcal. Podría decirse que la vieja modista parece adoptarla como hija a la joven rica, intenta inculcarle valores, la cuida, la protege. Sin embargo, al mismo tiempo, el personaje de Piluca es sexualmente ambiguo, tanto desde un posible furcio discursivo: “lo dejaba a uno bizco”, “cuando uno los miraba”, así como desde la expresión de su pensamiento: “Verla así, vestida de muchachito, me encantó”. Hay una atracción sexual implícita hacia la joven en el cuento.
  Por último, como en todo relato bíblico, no podemos dejar de mencionar la presencia constante del pecado. Artemia es no solo viciosa, sino también una pecadora. Así lo entiende y nos lo cuenta Piluca. (En este caso, quizás, sería más adecuado su verdadero nombre, Régula, ya que este nos refiere a la regla o norma.) Podemos entonces encontrar que la joven peca de vanidosa: “La vida se resumía para ella en vestirse y perfumarse”, “¿Para qué tenemos un hermoso cuerpo? ¿No es para mostrarlo acaso?”; de avara: “A pesar de la repugnancia que siento por algunas ricachonas”; de holgazana: “La señorita Artemia era perezosa”; de envidiosa, iracunda: “Son unas copionas. Y las copionas son las que tienen éxito”; y de lujuriosa por lo indecente y lo lúbrico de sus dibujos, por salir a la calle prácticamente desnuda, para provocar. El último pecado, la gula, la insaciabilidad, a veces definido como un “deseo desordenado por el placer”, puede tal vez encontrarse reflejado en lo imperativo, en la constante exigencia de parte de Artemia para la confección de vestidos y, también, aunque en menor medida, en la forma compulsiva de trabajar de la propia Piluca.
  Esta última dice que le “atemorizan los vicios”. Su rigidez moralista y cristiana, la hace sentirse horrorizada por la figura de Artemia; como ya hemos dicho, la ve no solo como a una viciosa, sino como a una pecadora. A partir de esto, y como también le genera un cariño maternal, intenta educarla, pero se da cuenta de que, en realidad, se siente atraída sexualmente hacia ella. Esto la convierte en una pecadora a ella también, lo cual no puede tolerar y, de alguna forma, con la confección de su última prenda, la conduce a la muerte, por omisión, como Pilatos. De esta manera, al eliminar el pecado, la vieja dejará de ser una pecadora. Sin embargo, no experimenta ningún tipo de culpa o responsabilidad: “Hay bondades que matan”, dice. Artemia fue asesinada por tramposa, por despertar el deseo en Piluca, por no despertar el deseo en ningún hombre, por querer parecerse a ellos, por querer dejar de sentirse una extranjera.