sábado, 19 de marzo de 2016

Los sueños dirigidos (ensayo) (segunda parte)

Sobre el arte


Con el propósito de resumir estas reflexiones que hemos postulado, podríamos volver sobre la idea de interrupción propuesta, puesto que la psicología misma sugiere una ruptura en la forma en la que analizamos el arte. Se suele señalar en esta materia que el artista es una suerte de neurótico y desarrolla un psicoanálisis en la simbología de su lenguaje artístico. A estos símbolos o imágenes, los trata como el espejo de su alma, permitiéndose así que sus inclinaciones salvajes se manifiesten en las imágenes compuestas a partir de su fantasía: en su creatividad; libera estas inclinaciones y deseos inconscientes por el mecanismo de la transferencia, o sustitución, asociando afectos tempranos con conceptos nuevos. Asimismo, el psicólogo y ensayista Lev Vygotsky dijo que el arte está en algún lugar entre el sueño y la neurosis: “Se basa en un conflicto demasiado maduro para el sueño, pero no lo bastante maduro para ser patógeno”.  Es decir, los sueños y las neurosis se manifiestan cuando el consciente y el inconsciente entran en conflicto el uno con el otro; el proceso psicológico es esencialmente el mismo en los tres, lo que varía es solamente el grado de intensidad. Los procesos generados en el inconsciente suelen tener continuación en nuestro consciente y, a su vez, muchos hechos conscientes son empujados al inconsciente. Existe en nuestras mentes una conexión continua, animada y dinámica entre estas dos áreas. El inconsciente, de forma indirecta, afecta todas nuestras acciones y se revela también en nuestro comportamiento consciente. Una obra de arte genera elaboraciones inconscientes mucho más intensas que las conscientes y, frecuentemente, se contraponen entre unas y otras. Freud sugirió dos formas de manifestación inconsciente más próximas al arte que las que hemos mencionado: el juego infantil y las fantasías de ensoñación diurna. El niño se toma muy en serio el mundo que él mismo crea; se toma su juego muy en serio y lo hace con una elevada dosis de energía. Este distingue muy bien entre el mundo creado por él y la realidad, y busca apoyo para los objetos y las relaciones imaginarias en los objetos tangibles de la vida real. En cambio, el adulto suele avergonzarse de sus fantasías y las esconde de los otros, las cría como a sus intimidades más personales; en general, preferiría el adulto confesar todas sus faltas antes que comunicar estas fantasías. Y no parecen ser nuestros sueños otra cosa que tales fantasías transfiguradas, como se pone en evidencia en su interpretación. En el arte, así como en los sueños, se expresan deseos que no pueden ser satisfechos de forma directa. En los sueños, estos deseos reprimidos se nos presentan forzosamente distorsionados; en las obras de arte, los expresamos bajo un disfraz. El artista debe dar una forma artística a sus deseos reprimidos, aquellas fantasías de las que se avergüenza, a fin de que puedan satisfacerse. La forma de una obra de arte proporciona un placer “hueco” o superficial, estrictamente sensorial, que actúa como señuelo, como un goce que atrae al espectador hacia lo que sería un ejercicio de reacción ante lo inconsciente, difícil, doloroso a veces. El disfraz artificioso tras el que se esconde la obra de arte le permite al artista revelar el deseo prohibido y, del mismo modo, engañar a la censura de la conciencia. El verdadero placer que surge de una obra de arte, tanto para su creador como para quienes atienden a esta, puede explicarse como la liberación de las fuerzas psíquicas de las tensiones que nos afligen, cuando superamos lo que nos repugna. Sin embargo, debemos aclarar que esto no quiere decir que el trabajo de un artista tenga un solo sentido o significado. El arte puede ser interpretado siempre de una manera distinta. Y no simplemente eso: este es experimentado, sentido de una manera distinta también, tanto como personas hay en el mundo. El logro del artista no reside en el contenido que quiso darle a su trabajo, sino en la flexibilidad de la imagen, en la capacidad de este para inspirar reflexiones y emociones diferentes. Sucede lo mismo con los sueños: difícilmente son la exposición o escenificación de una única idea. Reflejan, de hecho, una serie de representaciones en una complicada trama, ya que “existe en ellos una lucha transaccional entre lo reprimido y lo dominante, que deviene en todas las imágenes oníricas, desfiguraciones, que ocultan algo no desfigurado, pero repulsivo en cierto sentido”. Nociones similares con respecto a los sueños son planteadas por la neurociencia. Estos son un elemento importante dentro de los procesos creativos: los sueños ayudan en el proceso de inducción de una idea original; aunque solamente es posible, claro, sobre la base firme de un conocimiento naturalizado de aquello en lo que se pretende ser creativo. En los sueños, la actividad cerebral genera patrones más desordenados y el pensamiento creativo gesta nuevas combinaciones y posibilidades a las que, en estado de vigilia, difícilmente arribaríamos. Pero el relato consciente está teñido de fábulas también. Y si los sueños fueran una mera ilusión, sería posible que estos no fueran más que la ilusión de un relato construido al despertar.

Cazador cazado


Lo que resulta entonces de todo este trabajo es un intento aventurado de definir qué es el arte (intento que en el apartado anterior he comenzado a esbozar), así como lo que se refiere a los procesos creativos que lo impulsan y de dónde surgen estos en primera instancia. En los últimos párrafos de los apartados introductorios, menciono una frase muy conocida del escritor y ensayista Albert Camus: la existencia del arte se basa en la necesidad del ser humano de comprenderse a sí mismo y al mundo que lo rodea. Podríamos volver, de este modo, sobre la analogía del artista, el escritor más precisamente, como cazador. Como lo hemos referido en su momento, escribimos para intentar capturar emociones, pensamientos que conmueven nuestras vidas, que se impregnan en nuestro ser y que dejan una huella en nuestra sensibilidad y en nuestra forma de apreciar el mundo; todo esto, mediante el lenguaje. El ser humano necesita indefectiblemente ser capaz de interpretar el entorno que lo rodea, hacerlo suyo, transformarlo en algo reconocible para sí mismo; tiene una insaciable urgencia por aprehenderlo todo. Al no resultarle posible, busca la satisfacción de sus deseos de otra forma, a través de la transfiguración. El arte es esa pulsión por querer transmitir aquello que inquieta nuestra alma; nuestros procesos creativos intentan resolver esa búsqueda, esa transferencia. Y surgen, quizás, de lo que nos preguntamos sin decir una palabra, de lo que pensamos sin lograr articularlo, de nuestro inconsciente. Son los procesos creativos un interminable, continuo rastro de la indagación de nuestro propio espíritu y un intento fútil de comprensión de este mundo.

Las pasiones tumultuosas


Uno de los rasgos más característicos del arte es que los procesos creativos en los que se envuelve la obra y su uso parecen ser oscuros, inexplicables, inaccesibles para el pensamiento consciente. La interpretación es un malentendido, ya lo hemos dicho. Las palabras no pueden explicar los aspectos sustanciales e importantes de las emociones. Para el alma no hay leyes; tampoco para el arte. Ahora, como antes o después, el alma es y será insondable. Así como lo señaló Platón, son los poetas los últimos en conocer aquellos métodos que utilizan para su creatividad. Nuestros procesos inconscientes nos permiten comprender de forma indirecta, alegóricamente, lo que no puede ser entendido de forma inmediata. Todo el carácter psicológico de una obra de arte puede reflejarse en este carácter indirecto. El artista, mediante sus procesos creativos, selecciona elementos y los combina según las normas dadas o aceptadas, y traspone también estos elementos tradicionales a otros sistemas, y así sucesivamente. Por otro lado, el espectador percibe el carácter estético de una obra a través del sentimiento y la imaginación. El arte es entonces esa disciplina que sistematiza una esfera muy especial de la psique del hombre: sus emociones. Dado que el intelecto no es otra cosa que voluntad inhibida, podríamos concebir la imaginación como sentimiento inhibido. Los elementos más importantes de los actos creativos son los procesos inconscientes. Tal vez no sea que el mundo es confuso, sino que nosotros nos confundimos al querer interpretarlo: el mundo continuamente vierte sobre nosotros todo tipo de llamadas, deseos y estímulos. Nada más que una ínfima parte de estos fluye a través de nuestra conciencia y llega a verse realizada. Aquellos no realizados deben ser vividos de un modo u otro, para mantener un equilibrio entre nosotros y nuestro entorno. Los actos creativos, los sueños, el fantaseo parecen ser un medio psicológico para poder establecer dicho equilibrio en los puntos críticos de nuestro comportamiento emocional. El placer y el displacer pueden ser emociones intensas y prolongadas; pero, del mismo modo, como es propio de una emoción, nunca son claras.

Palabras finales


A modo de conclusión, cabría la posibilidad de considerar nuestros procesos creativos como una especie de catarsis, una forma de eliminar nuestros conflictos con el inconsciente sin caer en la neurosis, como dijo Vygotsky: “Un poderoso instrumento en la lucha por la existencia”. La posibilidad de liberar todas estas pasiones que nos irrumpen y que no encuentran su cauce en la vida normal y consciente es la posibilidad que nos da el arte y los procesos creativos. A lo largo de la historia de la literatura son innumerables las historias que se refieren a este tipo de procesos “reveladores”, en donde nuestra creatividad nos juega una “buena pasada”, por decirlo de alguna forma. Tal es el caso de Julio Cortázar, quien dijo haber soñado la historia del cuento titulado “Casa tomada”; o Robert Luis Stevenson, quien atribuyó a los sueños muchos de sus escritos, como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde; o el poema “Kubla Khan” de Samuel Taylor Coleridge, que lo calificó como una creación opio-onírica. Pero este tipo de ejemplificaciones no se limitan simplemente al campo de la literatura. Al científico Friedrich Kekulé, según lo expresó él mismo, fue un sueño el que le permitió descubrir la estructura de la molécula de benceno. Por otro lado, pintores como William Blake o Paul Klee también atribuyeron muchas de sus obras a los sueños; algunos compositores, como Mozart, Beethoven o Wagner, han juzgado que los sueños son fuente de inspiración. Creemos que estos procesos inconscientes son más que una simple catarsis, una intuición, un talento innato o una inspiración espontánea. Se dice que “se escribe con la cicatriz, no con la herida”.  Estas palabras se refieren a que el lenguaje de nuestro inconsciente necesita de una cierta fluidez y de un tiempo de maduración para poder elaborar las representaciones, simbolismos, para traducirlos en ideas y conceptos a nuestro consciente. La omisión o insuficiencia de estos procedimientos en su evolución, nos limita quizás a sensaciones más efímeras y superficiales. Si prestamos mayor atención a estos procesos, podemos elevar nuestro espíritu a una instancia superadora, y es posible que escribamos menos, sin dudas, pero mejor. Serán nuestras producciones estéticas más significativas: escribiremos literatura.

For Wiliiam Blake. Ronnie Landfield.

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