martes, 2 de mayo de 2017

Micropensamientos



A mi viejo le encantaba el tango, el primer tango, el de los malevos y los conventillos. Él se hizo en el barro de uno de esos conventillos. Y se hizo muy bien: fue la persona más honesta que conocí en mi vida. Aunque siempre fue un hombre austero, serio, lo que más recuerdo es su sonrisa. Me enseñó que de nada sirve nuestra felicidad si no se refleja sobre los que nos rodean. De chiquito, cuando caminábamos juntos, también me enseñaba a silbar esos tangos. En el hospital, la radio sonaba fuerte con uno de ellos. No creo que él se enterara. Se escuchaba desde el pasillo de la sala de internación. Las enfermeras habían decidido no hacer nada; cuidados paliativos, le dicen. En la habitación, el bandoneón sincopado, la orquesta chillona y la voz estridente del cantor callaban los pensamientos de mamá y tapaban el ruido del pulmón artificial de papá.


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